Hay una escena en la película There Will Be Blood en la que Daniel Plainview, cubierto de petróleo, mira el agujero en el suelo y dice: "I'm an oil man." Esa mirada de depredador. De quien sabe que acaba de encontrar la sangre de la tierra.

Pues sí. El petróleo volvió a sangrar — y el que está sangrando con él es tu bolsillo.

El hecho crudo y desnudo

El barril de petróleo se disparó por encima de los $110, el mayor nivel desde el inicio de la pandemia. Para quien no se acuerda, la última vez que vimos esos números fue en aquel caos de 2020, cuando el mundo entero se paralizó y el petróleo llegó a quedar en negativo por un día (sí, te pagaban por quedarte con petróleo — historia real, surrealista, y que merece un artículo aparte).

Ahora la cosa se dio vuelta. De negativo a $110+.

Y entonces piensas: "Ah, pero eso es allá afuera, es cosa de gringos."

Error, amigo. Eso es el precio de tu gasolina. El precio del flete que lleva la comida al supermercado. El precio del Uber. El precio de la inflación que se come tu salario cada bendito mes. El petróleo es la arteria principal de la economía global. Cuando se tapa, todo infarta.

¿Por qué se disparó?

Aquí es donde el circo arma la carpa. Los mismos analistas de banco que erraron el pronóstico del petróleo en los últimos tres años ahora aparecen en la tele explicando "con convicción" por qué subió el barril. Siempre encontrando la narrativa después del hecho. Nassim Taleb tiene un nombre para eso: narrativa retroactiva. Es fácil ser profeta del pasado.

Pero vamos a los factores reales — sin adornos:

1. Oferta ajustada. La OPEP+ (el cártel que controla la llave del mundo) viene reteniendo la producción. Arabia Saudita, Rusia y compañía limitada decidieron que prefieren vender menos barriles a un precio alto que inundar el mercado. Capitalismo básico cuando tienes poder de monopolio.

2. Demanda resiliente. Aun con tasas de interés altas en todo el mundo, la demanda de energía no cayó como los modelos preveían. China reabrió. India consume como nunca. Y Occidente, por más que hable de transición energética, todavía depende de combustibles fósiles para prácticamente todo.

3. Riesgo geopolítico. Medio Oriente siempre es un barril de pólvora (literalmente, en este caso). Cualquier escalada de tensión en la región hace que la prima de riesgo del petróleo suba como cohete.

4. Dólar. La dinámica del dólar influye directamente. El petróleo se cotiza en dólares. Cuando el dólar oscila, el precio del barril baila con él.

¿Qué significa esto para Latinoamérica y el mundo?

Aquí la cosa se pone interesante — y dolorosa.

Las petroleras estatales, esos eternos campos de batalla política, quedan atrapadas entre la espada y la pared. El precio internacional sube, pero ajustar los combustibles internamente es suicidio político. Los gobiernos quieren contener. El mercado quiere traspaso. ¿Y el consumidor? El consumidor se jode por los dos lados.

Si se contiene el precio, la pérdida aparece en el balance — y el accionista minoritario paga la cuenta. Si se traspasa, la inflación sube y los bancos centrales quedan con las manos atadas, porque de nada sirve subir las tasas si el choque es de oferta, no de demanda.

Es ese dilema clásico: ¿quieres que te peguen el tiro en la mano izquierda o en la derecha?

La lección que nadie quiere escuchar

Warren Buffett — el viejito de Omaha que los gurús de Instagram citan sin haberlo leído jamás — aumentó su posición en petroleras en los últimos años. Compró Occidental Petroleum como quien compra pan en la panadería. ¿Por qué? Porque el viejo entiende algo simple: la energía es la base de todo. No importa cuánta narrativa ESG te vendan, el mundo funciona a base de hidrocarburo.

Esto no es negacionismo climático. Es realismo económico. Son cosas distintas.

Y mientras Elon Musk vende el sueño eléctrico — que es legítimo, pero todavía es futuro — el presente cobra la cuenta en dólares por barril.

¿Y ahora?

Mira, yo no tengo bola de cristal. Quien diga que sabe para dónde va el petróleo la semana que viene es mentiroso o está loco. Probablemente las dos cosas.

Pero algo sí sé: cuando el petróleo rompe los $110, las consecuencias no se quedan contenidas en una gráfica bonita de terminal Bloomberg. Llegan al precio del huevo, del arroz, del pasaje de autobús.

Entonces, la próxima vez que escuches a un gurú de redes sociales hablando de "inversión en energy stocks", pregúntale: ¿tiene skin in the game o solo está vendiendo cursos?

Porque con el petróleo a $110, quien no está posicionado lo va a sentir. Y quien está mal posicionado lo va a sentir todavía más.