Hay una escena en la película Guasón que me atrapa cada vez. Arthur Fleck sentado solo en un departamento diminuto, viendo televisión, riéndose de chistes que nadie más escucha. Su soledad no es solo guion. Es diagnóstico.

Ahora dime: ¿qué pasa cuando una generación entera de Arthur Flecks — gente urbana, conectada 24/7, con 2,000 seguidores y cero amigos de verdad — decide que necesita compañía humana?

Alguien lo convierte en negocio. Y cobra caro.


La nueva mina de oro: vender socialización a quienes olvidaron cómo se hace

CNBC publicó un reportaje sobre el boom de los llamados "third spaces" — espacios de convivencia enfocados en bienestar. Saunas sociales, clubes de inmersión en agua helada, spas comunitarios. Lugares donde pagas una mensualidad para... estar cerca de gente.

El caso más emblemático es Bathhouse, que abrió en 2019 en Brooklyn. La empresa reveló en exclusiva que espera alcanzar US$ 120 millones en ingresos anualizados para fin de este año. Ciento veinte millones de dólares. Vendiendo baños.

Otro nombre en el juego es Othership, que combina sauna, inmersión en hielo y eventos nocturnos — todo envuelto en una estética de "wellness" que hace babear a Instagram.

Y no se queda en los privados. Life Time, cadena de gimnasios que cotiza en bolsa, duplicó su apuesta por el wellness premium hace algunos años. Los inversionistas arrugaron la nariz al principio. ¿Hoy? La acción más que se duplicó desde octubre de 2023. Quien dudó se llevó un golpe en el bolsillo.


La pandemia rompió algo que todavía no reparamos

El término "tercer lugar" no es nuevo. Lo acuñó el sociólogo Ray Oldenburg en 1989, en el libro The Great Good Place. La idea era simple: además de la casa (primer lugar) y el trabajo (segundo lugar), todo ser humano necesita un espacio informal de convivencia. El bar de la esquina. La panadería. La plaza. La iglesia.

¿Sabes qué pasó? La pandemia destruyó esos espacios. Cuarentenas, miedo, aislamiento. Y cuando el mundo "reabrió", mucha gente se dio cuenta de que había desaprendido a socializar. O peor: que los lugares que existían antes simplemente cerraron.

Richard Kyte, profesor en la Viterbo University y autor de Finding Your Third Place, señala que el término solo se volvió mainstream en los últimos años — justo cuando la soledad pasó a ser tratada como epidemia. No es una exageración. El propio Cirujano General de EE.UU. declaró la soledad una crisis de salud pública.

Y ahí entra el capitalismo haciendo lo que mejor sabe hacer: identificar dolor y monetizar la solución.


La paradoja que nadie quiere enfrentar

Voy a ser directo: hay algo profundamente perturbador en pagar 500 dólares al mes para tener acceso a un lugar donde puedes conversar con personas.

No estoy criticando a quien va. Grace Guo, la joven de 31 años del reportaje, dejó de beber, quería alternativas al circuito de bares, buscó comunidad. Legítimo. Humano. Comprensible.

Lo que me incomoda es el sistema que creó esa necesidad.

La misma generación que fue empujada hacia las pantallas, que sustituyó plazas por feeds, que cambió el café con el vecino por el doom scrolling a las 2 de la mañana — esa generación ahora paga premium para tener lo que sus abuelos tenían gratis. Un espacio. Una conversación. Un sentido de pertenencia.

Es como si hubiéramos demolido todos los puentes de una ciudad y ahora vendiéramos boletos para el ferry que cruza el río.


¿Y la plata? Está fluyendo

Desde el punto de vista de negocios, el sector es real. No es una moda pasajera.

La convergencia es poderosa: crisis de salud mental + movimiento anti-alcohol entre jóvenes + cultura del wellness + deseo de experiencias presenciales post-pandemia. Junta todo eso y tienes una demanda estructural.

Life Time demostrándolo en bolsa. Bathhouse encaminándose a nueve dígitos de ingresos. Inversionistas de venture capital con el ojo puesto en marcas como Glo30 y Othership.

Si yo fuera emprendedor buscando oportunidad, miraría con cariño este espacio — especialmente en Latinoamérica, donde la cultura de socialización ya es fuerte pero los modelos de negocio todavía son primitivos.

Pero como inversionista y ser humano, me quedo con una pregunta en la cabeza que no se calla:

Si necesitamos pagar una suscripción mensual para tener comunidad, ¿qué exactamente salió mal con la civilización?

Tal vez la respuesta esté en tu tiempo de pantalla de hoy. Anda, revísalo. Después me cuentas.